Ansiedad funcional: por qué su cuerpo sigue en guardia incluso en días tranquilos

Written by on 02/06/2026

Aunque mucha gente sigue trabajando, estudiando y cumpliendo con todo, vive con la sensación de que algo malo está por pasar. Ese estado de alerta continua, aun cuando “todo está bien”, es ansiedad funcional: un malestar silencioso que no siempre paraliza, pero sí desgasta y se vuelve rutina sin aviso. La Organización Mundial de la Salud (OMS) estima que el 4,4 % de la población mundial vive con un trastorno de ansiedad, y en Colombia el Ministerio de Salud reportó en 2025 que el 66,3 % de las personas dijo haber enfrentado algún problema de salud mental.

Para Ángela María Acevedo, docente del programa de Psicología de Areandina, Seccional Pereira, una dificultad es que este problema suele confundirse con “ser responsable”, “estar pendiente” o “rendir bajo presión”. “La persona sigue funcionando y por eso el entorno muchas veces no nota el malestar. Cumple, responde y hasta parece eficiente, pero por dentro sostiene una tensión que termina pasándole factura al cuerpo y a las emociones”, explica.

La diferencia frente a la ansiedad normal es clave. La ansiedad adaptativa aparece ante una situación, ayuda a reaccionar y baja cuando pasa el reto. En cambio, en la ansiedad funcional la mente permanece anticipando problemas, incluso en momentos de calma. Dormir no siempre descansa, desconectarse cuesta y el cuerpo sigue activado. No es un diagnóstico único en los manuales clínicos, pero sí una forma de sufrimiento cotidiano que puede empeorar si se normaliza.

Esto también tiene explicación en la vida diaria. La OMS advierte que las cargas excesivas, la inseguridad laboral, el poco control sobre el trabajo y los entornos de alta presión afectan la salud mental. A eso se suman la comparación permanente en redes, la dificultad para desconectarse, la presión por “lograr algo” rápido y la incertidumbre económica que muchas personas sienten hoy.

“En consulta se ve con frecuencia gente que dice: ‘yo puedo con todo’, pero vive cansada, irritable y con la cabeza acelerada. Ese discurso de normalidad tapa señales importantes y hace que la ayuda se busque tarde, cuando el desgaste ya interfiere con la vida diaria”, advierte Acevedo.

Cuando el rendimiento esconde el desgaste

Hay pistas que conviene revisar a tiempo. Entre las más comunes están la dificultad para concentrarse, la sensación de mente ocupada todo el día, la preocupación constante sin una causa clara, la irritabilidad, la tensión muscular, el cansancio continuo y los problemas de sueño. También aparece algo engañoso: la costumbre. La persona se acostumbra a vivir agotada, tensa o preocupada y deja de verlo como una señal de alerta.

Según la OMS, las mujeres se ven más afectadas por los trastornos de ansiedad que los hombres, y los síntomas suelen empezar desde la niñez o la adolescencia. En Colombia, la encuesta divulgada por Minsalud mostró además que el autorreporte de problemas de salud mental fue mayor en mujeres. Para la docente, esto se conecta con la sobrecarga de roles, las exigencias familiares y laborales, y la presión de sostener múltiples frentes a la vez.

En jóvenes y adultos jóvenes, añade, pesa la presión por rendir temprano, compararse y definir rápido su proyecto de vida. En las ciudades, el ruido, el tráfico, la hiperconexión y la sensación de no tener pausas también empujan esa activación constante. “No todo cansancio es ansiedad, pero cuando la persona ya no logra relajarse ni siquiera en sus ratos libres, conviene parar y revisar qué está pasando”, señala.

La buena noticia es que hay medidas prácticas que ayudan. La OMS recomienda mantener horarios regulares de sueño y comida, hacer actividad física con frecuencia, practicar respiración lenta o relajación, y desarrollar hábitos de atención plena. No resuelven todo por sí solos, pero sí reducen la activación y ayudan a recuperar sensación de control.

También sirve poner límites al uso del celular, hacer pausas reales durante el día y no asumir como normal vivir en tensión permanente. Si la alerta constante ya afecta el descanso, las relaciones, el estudio, el trabajo o la salud física, buscar apoyo psicológico deja de ser opcional. “Pedir ayuda no significa que la persona sea débil ni que esté fallando. Significa que reconoció que vivir en modo supervivencia no debería convertirse en su forma habitual de vivir”, concluye Acevedo.


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