Es tan malo ganar como perder

Written by on 17/06/2026

Sin medir consecuencias, nos hemos ido acostumbrando a mantener el país a f lote… en sangre. ¿Seguiremos en esas después del domingo?

Por Gustavo Gómez Córdoba

Nos hemos matado toda la vida. Tal vez otros pueblos lleguen más alto en cifras macabras, pero no hay duda de que estamos en el top de las repúblicas con más sangre en la mezcla de sus cimientos. Alguna vez en estas páginas hice la lista de guerras civiles, cocinadas primariamente en ese caldero hirviente que fue la Patria Boba, y entiende uno cómo el odiarnos ha sido una forma de vida. Corrijo: una forma de muerte. La muy “santísima” guerra de los Supremos, la que parieron los terratenientes caucanos en 1851, la de gólgotas y draconianos alrededor de las elecciones, la guerra Magna que ardió primero en Santander y el Cauca, la de las Escuelas (riñendo por el modelo educativo, laico o religioso), la que pretendió frenar en seco la Regeneración de Núñez, la del golpe contra Caro y la de los Mil Días, que desembocó en la Violencia (con mayúscula) que no hemos podido superar. Lo de las guerras civiles es solo una manera académica y formal de ver las cosas.

Si realmente se quiere hacer un conteo serio de los millones de litros de sangre que han corrido en los cinco pisos climáticos, habría que alargar el chico. Valdría agregar registros de las guerras contra los carteles de la droga, la acción de la insurgencia (convertida en parte de una cadena transnacional de tráfico de estupefacientes y oro ilegal), las actividades del paramilitarismo y las autodefensas, el genocidio del Putumayo contra los indígenas, el reclutamiento y asesinato de menores de parte de los grupos al margen de la ley, el exterminio de la UP, las ejecuciones extra judiciales (incluidos los falsos positivos) y la masacre de las bananeras (o Cimitarra, o Trujillo, o Tacueyó, o Segovia, o el Salado, o Mapiripán, o Macayepo, o el Alto del Naya, o la Gabarra, o Segovia, o Remedios, o Villatina, o la Chinita, o Bojayá o docenas más de una lista que parece no tener fin).

Tanta sangre ha corrido, que hasta la camiseta de la Selección Colombia (de diseño comercial) prefiere privilegiar el esperanzador amarillo sobre el doloroso rojo. Pocas camisetas han tenido al rojo como color preponderante.

No hace falta repetir que, en estas elecciones, la emotiva prenda (que no es un símbolo patrio oficial) ha terminado convertida en un motivo más para sacarnos los ojos. Como si tantas tragedias no bastaran, comienza a hacer carrera el anuncio de una nueva violencia: la que dependerá del resultado de la segunda vuelta.

Los heraldos de la candela viva (nada que ver con el maestro Heriberto Pretel) comienzan a golpear sus tamboras para anunciar que los cataclismos se avecinan. Que si gana Abelardo será el triunfo de la muerte. Y el progresismo, en reacción, nos depara años de paros, revueltas, bloqueos y protestas. Que el mal llamado “estallido social” (planeado y diseñado) palidecerá ante lo que nos espera. La consigna es clara: frente al triunfo del “fascismo”, habrá que paralizar el país y moler al “enemigo”. Y que, si gana Cepeda, los sectores de oposición no van a aceptar mansamente que el país se reafirme en un modelo de gobernar que seguirá propagando la división. Serían cuatro años de mano blanda con la delincuencia, dueña de las regiones y, en cambio, dura con quienes no comulguen con el progresismo.

Sentiremos la falta de sintonía de Cepeda con Petro, que tendrá todo el tiempo libre, como asegura Mauricio Vargas, en Semana, para “joder, es lo que le gusta y sabe”. Pululan los opinadores echándose el discurso de que la gente vote independiente y sin presiones. Pero de inmediato borran con el codo lo escrito por la mano: se lanzan a “cantar” su voto, que es una sutil forma de inducir al elector y de, en el fondo, desestimar su derecho y capacidad para elegir.

Reglas simples: si cree que el país va por el camino correcto, ya usted sabe por quién votar; si cree que no va por el camino correcto, también sabe por quién votar. Recuerde que en la soledad del cubículo cuenta con segundos preciosos para hacer lo que considere correcto. Menos redes sociales y más neuronas. Momento electoral tan intrincado, como dijo Alberto Casas Santamaría, que por primera vez “es tan malo ganar como perder”.

Hemos construido un país con sanguínea argamasa, cuyos ladrillos nunca han pegado bien y por eso el muro se nos derrumba cada tanto. Somos gente de palabra: siempre que hemos prometido dolor, lo hemos generado; siempre que hemos prometido resentimiento, lo hemos animado; siempre que hemos prometido rencor, lo hemos alimentado; siempre que hemos prometido intransigencia, la hemos ejercido; siempre que hemos prometido venganza, la hemos servido, caliente o fría. Viene la fiesta de la democracia, pero el guayabo no pinta nada bien.

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Retaguardia: ¡Vote por el que le dé la gana!

tomado : (Publicado en El País América, 17/06/26)


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