Ansiedad funcional: por qué su cuerpo sigue en guardia incluso en días tranquilos

Written by on 22/06/2026

 

Aunque mucha gente sigue trabajando, estudiando y cumpliendo con todo, vive
con la sensación de que algo malo está por pasar. Ese estado de alerta continua,
aun cuando “todo está bien”, es ansiedad funcional: un malestar silencioso que no
siempre paraliza, pero sí desgasta y se vuelve rutina sin aviso. La Organización
Mundial de la Salud (OMS) estima que el 4,4 % de la población mundial vive con
un trastorno de ansiedad, y en Colombia el Ministerio de Salud reportó en 2025
que el 66,3 % de las personas dijo haber enfrentado algún problema de salud
mental.
Para Ángela María Acevedo, docente del programa de Psicología de
Areandina, Seccional Pereira, una dificultad es que este problema suele
confundirse con “ser responsable”, “estar pendiente” o “rendir bajo presión”. “La
persona sigue funcionando y por eso el entorno muchas veces no nota el malestar.
Cumple, responde y hasta parece eficiente, pero por dentro sostiene una tensión
que termina pasándole factura al cuerpo y a las emociones”, explica.
La diferencia frente a la ansiedad normal es clave. La ansiedad adaptativa aparece
ante una situación, ayuda a reaccionar y baja cuando pasa el reto. En cambio, en
la ansiedad funcional la mente permanece anticipando problemas, incluso en
momentos de calma. Dormir no siempre descansa, desconectarse cuesta y el
cuerpo sigue activado. No es un diagnóstico único en los manuales clínicos, pero sí
una forma de sufrimiento cotidiano que puede empeorar si se normaliza.
Esto también tiene explicación en la vida diaria. La OMS advierte que las cargas
excesivas, la inseguridad laboral, el poco control sobre el trabajo y los entornos de
alta presión afectan la salud mental. A eso se suman la comparación permanente
en redes, la dificultad para desconectarse, la presión por “lograr algo” rápido y la
incertidumbre económica que muchas personas sienten hoy.
“En consulta se ve con frecuencia gente que dice: ‘yo puedo con todo’, pero vive
cansada, irritable y con la cabeza acelerada. Ese discurso de normalidad tapa
señales importantes y hace que la ayuda se busque tarde, cuando el desgaste ya
interfiere con la vida diaria”, advierte Acevedo.
Cuando el rendimiento esconde el desgaste
Hay pistas que conviene revisar a tiempo. Entre las más comunes están la
dificultad para concentrarse, la sensación de mente ocupada todo el día, la
preocupación constante sin una causa clara, la irritabilidad, la tensión muscular, el

#ElAñoDelHumanismoDigital
cansancio continuo y los problemas de sueño. También aparece algo engañoso: la
costumbre. La persona se acostumbra a vivir agotada, tensa o preocupada y deja
de verlo como una señal de alerta.
Según la OMS, las mujeres se ven más afectadas por los trastornos de ansiedad
que los hombres, y los síntomas suelen empezar desde la niñez o la adolescencia.
En Colombia, la encuesta divulgada por Minsalud mostró además que el
autorreporte de problemas de salud mental fue mayor en mujeres. Para la
docente, esto se conecta con la sobrecarga de roles, las exigencias familiares y
laborales, y la presión de sostener múltiples frentes a la vez.
En jóvenes y adultos jóvenes, añade, pesa la presión por rendir temprano,
compararse y definir rápido su proyecto de vida. En las ciudades, el ruido, el
tráfico, la hiperconexión y la sensación de no tener pausas también empujan esa
activación constante. “No todo cansancio es ansiedad, pero cuando la persona ya
no logra relajarse ni siquiera en sus ratos libres, conviene parar y revisar qué está
pasando”, señala.
La buena noticia es que hay medidas prácticas que ayudan. La OMS recomienda
mantener horarios regulares de sueño y comida, hacer actividad física con
frecuencia, practicar respiración lenta o relajación, y desarrollar hábitos de
atención plena. No resuelven todo por sí solos, pero sí reducen la activación y
ayudan a recuperar sensación de control.
También sirve poner límites al uso del celular, hacer pausas reales durante el día y
no asumir como normal vivir en tensión permanente. Si la alerta constante ya
afecta el descanso, las relaciones, el estudio, el trabajo o la salud física, buscar
apoyo psicológico deja de ser opcional. “Pedir ayuda no significa que la persona
sea débil ni que esté fallando. Significa que reconoció que vivir en modo
supervivencia no debería convertirse en su forma habitual de vivir”, concluye
Acevedo.


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