Del surco a la mesa: el camino hacia un sistema agroalimentario justo en Bogotá-Cundinamarca

Written by on 08/01/2026

 

 

 

En Usme, al suroriente de Bogotá, donde la neblina baja y endurece los dedos, María Ramírez inicia su jornada cuando la ciudad todavía duerme. En su parcela revisa el riego, corta la hierba, separa lo que va para venta directa y apila en canastillas los alimentos que siembra en su huerta (brócolis, lechugas de varias clases, cebollas, kale, espinaca y acelga), alimentos que comemos -sin saberlo- en algunos restaurantes de la ciudad o en las mesas de los más de 11 millones de habitantes que reúnen Bogotá y Cundinamarca.

 

“Ser campesina es donde yo vivo, donde yo trabajo… de donde no quisiera salir nunca”, dice, María. Un sentir que comparte con Heiner Alfonso Ramírez Poveda, vecino de la vereda El Destino (Bajo Sumapaz), un joven de 30 años para quien “el campo es trabajo duro, pero también tranquilidad y cariño por el territorio”. Decidido bajo la promesa de un campo mejor, organizó junto a otros jóvenes una asociación que hoy integran ocho hombres y seis mujeres, productores de alimentos, pero también de esperanza y transformación.

 

Sus historias no son una postal, son la puerta de entrada a una pregunta urgente para 2026: ¿por qué, teniendo comida tan cerca, a veces es tan difícil comer fresco y a buen precio en la capital? Pregunta que dio origen a Aliméntate de Región, el proyecto que en alianza entre la Región Metropolitana Bogotá-Cundinamarca, la Secretaría Distrital de Desarrollo Económico, la RAP-E Región Central y la FAO ha puesto en marcha el SARA (Sistema de Abastecimiento Regional Agroalimentario): la radiografía técnica que explica, con datos, qué produce el territorio, qué tan bien se aprovecha y qué frena un abastecimiento justo.

 

Esta radiografía arranca con una paradoja: dentro de la frontera agrícola de Bogotá-Cundinamarca hay 1,5 millones de hectáreas, pero solo el 18,2 % está en uso, lo que significa que se aprovecha menos de dos de cada diez hectáreas disponibles. A lo que se suma la alta concentración y baja diversidad con cultivos como papa, caña panelera, mango, tomate, zanahoria y plátano que dominan la producción local.

 

Hay potencial en tierras, manos y experiencia, pero este no se activa solo con sembrar más, se activa con reglas, servicios y mercados que funcionen.

 

Un territorio que produce, pero se arriesga

 

Esta región metropolitana, conformada por Bogotá y Cundinamarca, se destaca a nivel nacional por su alta especialización en producción de alimentos. Aquí cerca del 75 % del área sembrada está dedicada a los alimentos priorizados por el proyecto Aliméntate de Región y su producción representa hasta el 95 % de todo lo cultivado en el territorio.

 

La despensa a potenciar ya está identificada: papa, arroz, plátano, maíz, yuca, tomate, zanahoria, cebollas, mango, aguacate, piña, limón y panela, entre otros; además de carnes (cerdo, pollo, res o pescado), huevo y lácteos hacen del parte del análisis inicial de la oferta regional. Más allá de un listado, esta priorización del SARA es una guía para orientar inversiones, diversificar y acercar el alimento.

 

El problema es la fragilidad de esa fortaleza. El diagnóstico también revela una fuerte concentración productiva, y solo dos rubros lo demuestran: papa y caña panelera representan el 58 % del área sembrada y el 80,4 % de la producción (UPRA, 2024). Situación que puede ser una debilidad cuando el clima cambia o los insumos suben, lo que para la ciudad se traduce en “subió el mercado”, y para las y los productores, en ingresos inciertos.

 

María y Heiner lo saben sin tablas. María cosecha con el reloj encima: lo que no se vende rápido pierde frescura. Heiner insiste en asociarse: vender solo es negociar en desventaja. Entre sus manos y las mesas de la ciudad hay un sistema entero. Y ese sistema hoy tiene nudos.

 

Los nudos que encarecen lo fresco

 

El diagnóstico lo expone: el abastecimiento es ineficiente, insostenible y poco inclusivo. Sus efectos se sienten en los dos extremos del sistema agroalimentario, por un lado, la dependencia de alimentos traídos de otras regiones y precios que golpean el bolsillo urbano; y del otro lado, ingresos rurales que no alcanzan, poca capacidad de negociación colectiva y la presión sobre suelos y ecosistemas que se va acumulando.

 

El primer nudo es la asistencia técnica. Menos del 10 % de usuarios en Campo Innova y apenas el 2 % de las unidades productivas del 3er Censo Nacional Agropecuario (DANE, 2014) reciben este servicio. Eso deja a miles de productores tomando decisiones complejas -plagas, fertilización, adaptación climática, poscosecha- con apoyo insuficiente. Sin acompañamiento, la productividad y la sostenibilidad se vuelven una apuesta.

 

El segundo nudo es la inocuidad. Producir cerca no basta si no se produce con estándares que reduzcan riesgos y abran mercados. En Cundinamarca, de acuerdo con cifras del ICA, solo 250 predios están certificados en Buenas Prácticas Agrícolas (BPA), un índice bajo para una región que alimenta a millones. Pero también representa una oportunidad para fortalecer la confianza del consumidor y mejorar los ingresos, ampliando la certificación y recertificación de unidades productivas.

 

El tercer nudo es la asociatividad. Casi el 90 % de productores y productoras no pertenece a ninguna organización, situación que se traduce en insumos más caros, menos poder de negociación y transporte asumido a solas, entre otras variables. Y que presenta desafíos frente a la comercialización y las pérdidas, con lo que se reduce el margen de ganancia para las y los productores o se encarece el precio final.

 

Y el cuarto nudo es el crédito. Aquí la desigualdad salta a la vista: menos del 12 % de grandes y medianos productores/as concentró el 95 % de los 11,5 billones de pesos en créditos de fomento agropecuarios que, para este análisis y de acuerdo con FINAGRO fueron girados en 2024 en la región, mientras el 88 % restante -productores de pequeña escala- accedió solo al 5 %. Además, persiste la brecha de género, 57 % de los beneficiarios fueron hombres y el 37 % mujeres. Con ese tablero, pedir “competitividad” sin cambiar condiciones es como competir en una carrera corriendo con la mitad del aire.

 

En Usme, Heiner lo resume sin teoría: si no se juntan, se van. María lo dice desde la experiencia: el precio justo no es caridad; es sostenibilidad.

 

El sistema justo que la región quiere construir

 

La hoja de ruta no se hizo para describir el problema y cerrar el cuaderno, se hizo para abrir caminos. La idea central es acortar el trayecto entre producción y consumo para que el valor real del alimento se quede, en mayor medida, en las manos que lo producen; y para que lo fresco sea más accesible en la ciudad.

 

¿Cómo se ve esta propuesta? En múltiples formas, dentro de estas en circuitos cortos que funcionen todo el año con acuerdos estables a través de plazas, tiendas barriales, restaurantes y mercados campesinos; o con compras institucionales que den seguridad de demanda, y rutas logísticas que reduzcan pérdidas en cosecha y poscosecha. En una lechuga de Usme que llega directa, fresca y con trazabilidad, sin viajes que la encarezcan.

 

Se ve también en logística básica que hoy falta o es insuficiente, con centros de acopio y clasificación, almacenamiento adecuado y rutas planificadas. A través de precios que benefician a consumidores y productores por igual, con variaciones en el trayecto que atraviesan los alimentos reduciendo las pérdidas y desperdicios, así como el costo ambiental, mientras mejora la calidad en el plato. No es romanticismo se trata de eficiencia.

 

Igualmente se ve en información clara para el consumidor con señalización de origen en puntos de venta, plataformas de compra directa y acuerdos que transparenten los precios. Cuando el productor sabe cuánto se pagará y el comprador sabe de dónde viene su alimento, baja la especulación y se estabiliza la oferta. En términos ambientales, menos kilómetros recorridos significan menos combustible y menos emisiones. Y en términos de nutrición, significan alimentos que llegan más frescos y con menos tiempo de almacenamiento.

Y se ve en servicios rurales y financiamiento más equitativos: asistencia técnica consistente, adopción de BPA, inversión en infraestructura productiva, organizaciones fuertes y crédito menos concentrado, con instrumentos pensados para pequeña escala y para cerrar brechas de género.

 

El propósito 2026: comprar local para cambiar el sistema

 

El sistema agroalimentario no es solo un diagnóstico, es la suma de decisiones que tomamos todos los días. La decisión pública de planificar e invertir, la decisión comunitaria de organizarse, y la decisión cotidiana de comprar y cocinar. Por eso, el propósito de 2026 puede ser simple, pero poderoso: comprar local con intención, porque cuando la ciudad compra cerca o pregunta por el origen, no solo compra comida, impulsa un modelo que acorta distancias, reduce el impacto ambiental, fortalece el empleo rural y hace posible un pago más justo.

 

María y Heiner -sin aplausos, pero imprescindibles- representan a quienes sostienen la despensa desde las ocho localidades con suelo rural de Bogotá, los 116 municipios de Cundinamarca y los cuatro departamentos más que hacen parte de la región central (Boyacá, Huila, Meta y Tolima). Sus voces recuerdan que, cuando el Estado planifica con evidencia y el sistema respalda a productores y productoras de pequeña escala, esas historias dejan de ser excepciones y se vuelven lo que deberían ser: la normalidad de un territorio que se alimenta con justicia. Aliméntate de Región y el SARA están poniendo datos y ruta para que esa realidad no dependa de proezas individuales, sino de política pública, inversión y mercados más justos. Y el cambio empieza en el territorio… y en lo que cada quien decide poner en su mesa.

 

4 formas de apoyar al campo hoy

Que 2026 sea un año para comer lo que nuestra tierra nos da y sostener el campo cercano. No hace falta empezar con grandes gestos, la transformación del abastecimiento también se construye con decisiones simples. Estas cuatro acciones pueden fortalecer a las familias productoras y mejorar la frescura, la diversidad y la sostenibilidad de lo que llega a nuestra mesa:

 

Opta por la compra más cercana: ve a plazas, mercados campesinos y canales de venta directa. Pide productos de Bogotá y Cundinamarca.
Pregunta por el origen (y cuéntalo): una pregunta simple (“¿de dónde viene?”) incentiva trazabilidad y mejores prácticas. Recomienda a quienes producen bien.
Diversifica tu canasta: conoce la diversidad alimentaria, vuelve a recetas ancestrales, elige variedad y temporada. Apoya a más productores y reduce la dependencia de pocos cultivos.
Menos desperdicio, prolonga la vida: planea tus compras, ajusta porciones y aprovecha lo que ya tienes. Menos desperdicio es más ingreso para el campo, menos gastos en tu cocina y la opción de dar vida a lo que “sobra”.

Sigue la conversación en redes sociales con los numerales #AliméntateDeRegión y #SaborDeRegión


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